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Lotte, la mujer detrás de las flores

Actualizado: 2 de dic de 2020

En el Hotel Cabaña del Lago destacan los arreglos de flores ¿De dónde vendrán? Así es como me intrigo por saber quién está detrás de esto. Me dijeron que los sábados la señora vende en la Feria de Puerto Varas, en la antigua estación de trenes. No dudé en caminar en su búsqueda.


Entre varios puestos destaca uno colorido, hay flores de todo tipo, y algunas que llaman mi atención porque jamás las había visto. Atiende Jonas, un hombre que quedó barado en Chile producto de la pandemia. Todos miran y compran flores, a las 12:00 del día ya ha vendido gran parte de los ramos. Esta vez la Tante no ha venido a la feria, hace mucho frío y por el tema del Coronavirus, Jonas le pidió que se quedara en su casa. “¡Anda a verla a su granja! Estará feliz”, me dice Jonas en un acento que no logro identificar.


Jonas, Feria Puerto Varas

Así es como llego a la casa de la Tante Lotte Schlicht, una mujer de 85 años que me recibe con los crespos hechos, literalmente. Yo estoy con parka porque según mi termostato santiaguino hace frío, pero ella está con una polera de manga corta y un pantalón delgado, es su tenida de verano.




No puedo dejar de mirar su jardín. Hay un olor indescriptible, entre flores y soledad.

La Lotte me recibe cariñosamente. Se disculpa por no tener torta. Y me invita a pasar a su casa, lo primero que me llama la atención es una cocina antigua, “era de la mamá de mi suegra” dice de manera amistosa. A los pocos minutos sentimos que ya somos como abuela y nieta. Me pide perdón por el desorden, “ya no tengo fuerzas para ordenar”, explica mientras suspira.





A su lado está Dove, su perro, de vez en cuando le mordisquea el chaleco pidiéndole cariño. Cuando la Lotte está cansada, Dove muchas veces le lleva ramos de flores hasta la puerta de su casa. Su relación me parece fuera de lo común. Emociona cuando los animales conectan tan bien con un ser humano.



Vive en un terreno de 17 hectáreas. Su casa tiene 7 piezas, pero no tiene con quién compartirlas, ya que nunca tuvo hijos. Se casó a pocos días de cumplir los 19 y desde ahí se fue a vivir junto a su marido a esta casa, que es el lugar dónde él creció. Fallecieron sus suegros y sus cuñados, su marido también murió. Sacábamos la cuenta y ya hace más de 17 años que vive sola en este lugar.




Le pregunto por el origen de esto, cómo cuándo y por qué surge la idea de tener un huerto y hacer ramos de flores. “Si no me equivoco fue en la época de la UP ¡Uy, que iban mal las cosas ahí! Se tomaban los campos, se botaba la leche… era todo horrible”, cuenta mientras mira por su ventana. Así se le ocurrió decirle a su marido que tuvieran un huerto para vender verduras. “Mi mami vendía verduras cuando yo era chica. Vendía en el hospital de Puerto Montt. De ella yo aprendí”, comenta. Siento su emoción al recordar a su madre, le brillan los ojos y su sonrisa se vuelve pacífica.



Esto de tener un huerto y aprovechar de vender las flores que salían en el jardín para poder pasar esta mala época económica, se terminó convirtiendo en un muy buen negocio, “de repente me empezó a ir excelente. Les vendía a los supermercados, imagínate. Me iba súper súper bien”. Y desde ahí nunca más lo dejó.


Lo suyo era estar afuera, ensuciarse las manos, plantar, cosechar, caminar junto a los perros, y conectarse con la tierra. Hoy en día, a pesar de sentirse muy cansada, también comenta que esto es como una terapia. “Hace bien salir, ensuciarse, mojarse, pasar frío, tener calor, porque todo eso es sentir, y sentir es vida”, dice mientras me mira directamente a los ojos.



Su rutina diaria es intensa para una persona de su edad. “Me levanto y hago fuego. Luego voy a Llanquihue a buscar a una mujer que trabaja conmigo, a las 7.20 am salgo de acá. Y a la vuelta parto a cortar lechuga”, narra tranquilamente. Sus días son en el exterior, metida en sus invernaderos, viendo las cosechas y cortando flores para luego armar ramos.



No puedo dejar de mirar sus manos, son el reflejo de una vida trabajadora. Me dice que le duelen “no puedo ni pelar bien las papas, creo que tengo artrosis o esa cuestión”, comenta mientras se las mira.


Yo le digo que necesita descansar, que ya tiene edad para estar tranquila, a lo que ella responde, “mi sobrina tampoco quiere que siga trabajando, pero no puedo. Yo vivo de esto no puedo dejar de trabajar porque también tengo que seguir comiendo. Nada de esto es mío, yo solo tengo un usufructo”. Esa es la respuesta a todas mis dudas. Al no ser propietaria no puede vender un pedazo del terreno para tener algo de plata guardada. Además, es cosa de conversar unos minutos con ella para saber que no es el tipo de persona que pediría ayuda económica. No quiere molestar.



Últimamente las cosas no han ido tan bien económicamente, “desde octubre del año pasado que las ventas van mal… después con la pandemia todo fue peor. Yo vivo de esto, si no vendo, no tengo plata”, explica mientras arma un ramo de flores.



El jardín de la Tante Lotte no tiene descripción. Llegué en colores y grises y me fui con flores de todos los colores. Mi conexión con ella fue tanta, que a los pocos días volví a verla, y de ahora en adelante su casa se convertirá en una parada obligada cada vez que ande por la zona de Llanquihue. Y ya sé como será; Nos contaremos historias de amores, frustraciones y alegrías. Recorreremos el jardín oliendo cada flor y ella me enseñará los nombres de cada una de sus plantaciones que durante la primavera son su más fiel compañía.



Dove, lleva ramos a la puerta de la Tante



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